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DEE DEE LUCIFER: HORROCK EN EL LUNA PARK

Cuento publicado en la edición 2013 del Libro de Oro de Cinefanía, que ya se puede solicitar aquí.

Por Yesi James, para la redacción de Rolling Thunder. (Es un cuento mío, che. Que no se diga).

Es usual considerar a Dee Dee Lucifer como una simple broma encabalgada sobre riffs heroicos en escalas bluseras, intermedios atonales de guitarras distorsionadas y arreglos de teclados hábilmente distraídos de los bolsillos de John Lord. Cierto es que el propio Dee Dee hace mucho por sostener el equívoco: desde dedicar casi toda una entrevista con Jaime Bayly a narrar una supuesta noche de sexo desenfrenado con Elisa Carrió, hasta denunciar ante la justicia el haber sido secuestrado por la CIA y llevado a Guantánamo, donde habría compartido celda con… un ET. Pero el problema es que la broma suena tan pero tan bien que uno se pregunta si hay muchas bandas de rock al sur del Río Grande que suenen mejor que esta mera broma… y la respuesta es que ninguna, o casi ninguna.

Hay quien considera “transgresor” a su módico satanismo. Pablo Martín Cerone expresó, en el número anterior de Rolling Thunder, su sospecha de que, a esta altura del siglo nada menos que XXI, la transgresión está sobrevalorada, y aún más, es digna de la mayor desconfianza cuando es funcional a las posturas sociales más reaccionarias. ¿O acaso Mussolini y Hitler no representaron en su momento la transgresión, la pretendida superación de los pedestres prejuicios de la burguesía? Agudamente, mi amigo Pablo también señaló que, a menudo, la discusión acerca de la incorrección política del mensaje de una obra posterga o anula la discusión acerca de su calidad artística. (Algo muy conveniente cuando, desde ese punto de vista, un creador –  o un crítico –  no tienen nada que aportar). Está más que claro que no es el caso del artista objeto de esta reseña.

Tras una silenciosa introducción presentada por la voz grabada de Dee Dee como “un cover del tema 4’ 33’’ de John Cage”, el show comenzó con “Punkenstein”, una divertida versión de la historia de la criatura del doctor Víctor Frankenstein, que aquí termina liderando una bandita de punkies y celebrando la repulsa de los buenos burgueses al grito de “el cadáver sos vos / yo soy lo que soy”. Siguieron “Sangre azteca”, “La escuela de los preceptores zombis”, “Necronomicroondas”, “Los Salieris de Mefisto”, la muy festejada “Orcos” y un excelente cover de “War pigs” de Black Sabbath, donde se lució el guitarrista Chiche Manzanera. A esa altura del concierto, el Luna era una fiesta. El público, en su mayoría muy joven y perteneciente de modo militante a la subcultura gótica, acompañó los temas coreándolos, y festejó ruidosamente todos los malos chistes de Dee Dee. El más llamativo: su solicitud de voluntarias para participar en un remedo de sacrificio humano, en honor de un ídolo demoníaco a quien Dee Dee llamó “el Negro Belial”, y que brindaba un tan pintoresco como eficaz horror a la escenografía,.

Ya fuera porque la banda estaba realmente inspirada, ya fuera porque el público contribuía con un fervor especial, ya fuera porque era Noche de Brujas, el clima dentro del Luna Park era de aquelarre feliz, si se me permite la observación. Tras “Fenris” y “Picnic con el Clan Manson”, que contaron con la participación de Ismael Serrano y Soledad Pastorutti, Dee Dee anunció que la noche culminaría con una gran sorpresa. Cuando el guitarrista de Rata Blanca, Walter Giardino, subió a tocar en la dantesca suite “Ragna Rock”, todos pensamos que la promesa estaba cumplida. Pero parece que había más.

En los bises, Dee Dee y su grupo comenzaron a interpretar “Belial”, su poderosa invocación de un supuesto demonio babilónico. Cerca del clímax del tema, después de un extraordinario solo de Giardino, y por detrás del falaz humo proporcionado por el sistema de efectos, el ídolo de mampostería que presidía el escenario abrió los ojos y se puso de pie, ante los alaridos de la concurrencia y una sorpresa de Dee Dee tan bien actuada que, por un momento, me hizo pensar que ni él mismo estaba al tanto del truco. Mientras parte de la banda abandonaba el escenario a las corridas, Dee Dee se quedaba hilarantemente paralizado frente al monstruo de mampostería y Barilari y el extraordinario baterista OctoPus Bevilacqua seguían tocando una coda que sonaba a desintegración nuclear, el Negro Belial desplegó unas aparatosas alas de murciélago. Realmente nunca se había vivido por estas tierras un espectáculo audiovisual tan extraordinario. ¡U2, Madonna, Rolling Stones, Roger Waters, al nivel de participantes de un acto escolar! Los últimos sonidos fueron el estrépito de la batería de Bevilacqua al ceder bajo los pies del Negro, y los crujidos que emitió la viscosa boca del muñeco cuando engulló al baterista, a Giardino y a Dee Dee.

Los dadaístas buscaban la disolución del arte en la realidad, y no hay duda de que la rechoncha efigie del Negro Belial lo hizo de un modo muy explícito: abandonó el escenario atravesando la pared del Luna que da a la Avenida Madero y se perdió caminando hacia el Río de la Plata, mientras la parte del público que no se había desmayado de la emoción vivaba a Dee Dee y, con lágrimas en los ojos, aullaba de satisfacción tras uno de los mejores shows que se hayan visto nunca en Buenos Aires.

Al cierre de esta crónica, y mientras intento reponerme de la conmoción tomando un whisky tras otro (¡qué show más extraordinario, Dee Dee! ¿cómo harán ahora para seguir tomándote en solfa?) me llegan noticias de que Dee Dee, Bevilacqua y Giardino permanecen desaparecidos. Si no fuera porque Dee Dee nos tiene tan acostumbrado a usar la lógica de los medios masivos en provecho de su arte, uno hasta consideraría la posibilidad de que los tres estuvieran perdidos y (válgame Dios) de que el Negro Belial fuera un demonio de verdad.

 

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