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LIBROS EN CINE BRAILLE: NÚMERO CERO

Umberto Eco, Lumen, Buenos Aires 2015.

Apenas doscientas y pico de paginitas en tipografía grande: el autor de mamotretos deslumbrantes como El nombre de la rosa o El péndulo de Foucault ya es un octogenario. La erudición, la inteligencia, el sentido del humor y la prosa elegante de Eco hacen extrañar las quinientas páginas que faltan, que intuyo rebosantes de digresiones tan disfrutables como innecesarias para desarrollar la trama. Y más aún nos hacen extrañarlas si nos cobran el librito al precio de aquellos mamotretos foresticidas.

La obra es, sorprendentemente para su escueta extensión, un ensamble de dos novelas. La primera es la historia del diario Domani y sus artífices, la segunda está apenas esbozada, porque es sólo una afiebrada elucubración de un personaje, pero que termina precipitando el desenlace de la historia. De la primera ya escribiré más abajo, de la segunda tal vez sea prudente adelantar apenas que involucra a Benito Mussolini, a la tan fantasmagórica como real Operación Gladio y al abortado golpe de estado neofascista del Príncipe Borghese en 1970, además de alguna referencia al pasar a Argentina. Es fácil presumir que la paranoia conspirativa que rezuma esta historia resultaba muy tentadora para un autor interesado desde siempre en temas como un libro perdido de Aristóteles, los Caballeros Templarios, el Santo Grial o los Protocolos de los Sabios de Sión. Sólo que en vez de escribirla, Eco prefirió que la contara un personaje.

La historia de Número Cero está ambientada en 1992, el año en que la Operación Manos Limpias acabó con dos generaciones de políticos corruptos de todos los partidos, en una Milán también a punto de desaparecer en el huracán neocapitalista. Es la historia de un periodista cincuentón, Colonna, ya cómodo en el fracaso amoroso y profesional, y de cómo se involucra en la edición de un periódico que nunca va a ser editado, porque su función no es llegar al público sino servir de herramienta de presión de su propietario, un misterioso Commendatore que permanece fuera de campo y que recuerda claramente a Silvio Berlusconi. (¿Un medio como herramienta de presión al servicio de los negocios de su propietario? ¿Dónde habré leído eso?). Acompañan a Colonna en la aventura el cínico editor, Simei, que tiene sus propios planes para con la aventura y para Colonna, y una periodista joven e inteligente, Maia Fresia, que sobrevive malgastando su talento en revistas de chimentos, y en la cual no cuesta intuir inmediatamente su rol como interés romántico y erótico del algo estereotipado Colonna. (Como en El nombre de la rosa, como en El péndulo de Foucault, la salida de los laberintos en que se hallan perdidos los personajes de Eco es una mujer).

También tiene su importancia un redactor de Domani, Bragadoccio, el encargado de impulsar la acción al ¿descubrir? ¿inventar? la conspiración que mencioné unas líneas más arriba. Como en El péndulo de Foucault, novela con la cual Número Cero comparte varias características, tal vez la veracidad de la conspiración importe menos que los nervios que la existencia de una investigación despierta en poderes ocultos.

Algunos trucos de escritor veterano están bastante a la vista, pero Eco es tan hábil que hace que se los disfrute como un guiño. Una vez que ha convencido al lector de que está en 1992, se permite el chiste de que un personaje afirme que la telefonía celular no va a tener éxito. Otros trucos tienen que ver con cómo entretener al lector cada vez que el curso de la novela debe hacer un alto. Hay un par de páginas que se demoran en una discusión sobre automóviles. Otro par se va en una muy divertida competencia de ingenio en la redacción de Domani ("¿por qué los esquíes se deslizan sobre la nieve? Porque, si se deslizaran sobre el caviar, los deportes invernales serían carísimos". "¿Por qué Cristóbal Colón navegó hacia el poniente? Porque si hubiera navegado hacia levante, habría descubierto Frosinone"). Hay espacio para una discusión acerca de la inversión sistemática de lugares comunes ("el éxito me ha cambiado"), o para la lectura entrelíneas de avisos para encontrar pareja. Pero las digresiones más interesantes tienen que ver con los trucos mediante los cuales el periodismo logra vender gato por liebre.

Los argentinos, desgraciadamente, conocemos muy bien esas manipulaciones, pero el hecho de que las exponga un personaje inatacable como Umberto Eco les brinda otra solidez. Entre las trampas reveladas, por ejemplo, está presentar una noticia de forma aparentemente muy objetiva, incluyendo dos opiniones opuestas, pero una es intencionadamente banal y la restante está bien desarrollada: esa es la que el medio desea dejar como impresión. Otra es presentar juntas algunas noticias, sugiriendo tácitamente al lector la existencia de un fenómeno (por ejemplo, varias noticias policiales relacionadas directa o indirectamente con menores de edad, o con inmigrantes). Otra es destacar, en una desmentida a una nota del diario, todos los puntos que no son desmentidos, así sean irrelevantes. Otra es expuesta así por Bragadoccio: "sucede que los diarios no están hechos para difundir sino para encubrir noticias. Sucede el hecho X, no puedes obviarlo, pero, como pone en apuros a demasiada gente, en ese mismo número escribes unos titulares que le ponen a uno los pelos de punta: madre degüella a sus cuatro hijos, quizá nuestros ahorros acaben en cenizas, se descubre una carta de insultos de Garibaldi a Nino Bixio y, listo, tu noticia se ahoga en el gran mar de la información". Otra es la conocida historia de los cormoranes empetrolados durante la Guerra del Golfo de 1991. La más diabólica consiste en intentar desprestigiar a una figura pública exponiendo sus aficiones o costumbres más estrafalarias, así fueren inofensivas, algo que nuestra Revista Noticias ha sabido llevar a la categoría de arte.

Dice un personaje: "si quieres ganar tienes que saber una sola cosa y no perder tiempo en sabértelas todas; el placer de la erudición está reservado a los perdedores. Cuanto más sabe uno, es que peor le han ido las cosas". Tan cierto como que Umberto Eco se ganó el derecho a ser llamado su excepción más flagrante.

 

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