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HANS DIETRICH MANNHEIM, EL ARTISTA QUE VINO DEL FRÍO

En 1917 Marcel Duchamp firmó un orinal llamándolo "Fuente" y lo exhibió en una exposición en Nueva York. En medio del escándalo, a muchos les pasó inadvertido el verdadero significado del hecho; los distraídos lo rebajaron a sensacionalismo o demostración de sentido del humor. [Publicado en julio de 2003 en Televicio Webzine].

"Es el individuo quien hace el arte, no el arte quien hace el individuo, como ya no es la obra lo que cuenta sino el comentario que la sucede o la precede". Emile Cioran

La obra de arte, hasta entonces, era una representación de la mirada del artista sobre la realidad; después de "Fuente", también. Pero ahora la representación de esa mirada no pasaba necesariamente por la creación de un objeto físico; esa mirada podía ser representada por la exhibición de un objeto preexistente, al que el genio del artista rescata de la invisibilidad propia de lo cotidiano. El arte está en la peculiaridad de su mirada; la obra física es una mera ilustración adventicia.

Duchamp llevó al mundo a pensar en qué es lo que se admira de una obra de arte. Para no restringirnos a las artes visuales ¿"Don Quijote" es el artefacto de papel que podemos tener en nuestras manos o su contenido? Es cierto que sin el libro no podemos representárnoslo (o hacérnoslo representar, si alguien nos lo lee), pero el libro que podemos abrir en nuestras manos suele tener menos que ver con el arte que con procesos industriales cuyo resultado final puede ser una hamburguesa o un rollo de papel higiénico.

Ahora bien: si el arte es un concepto subyacente ¿para qué montar exposiciones? ¿Por qué no limitarse a exponerlo en un manifiesto? Éste es uno de los interrogantes sobre el arte que se planteó (y vaya si respondió) Hans Dietrich Mannheim, un artista sueco de origen alemán, pero nacido en lo que ahora es la República de Letonia y alguna vez fue un Comisariado del Tercer Reich y también una de las quince repúblicas de la URSS.

Mannheim nació en Riga en 1938, y fue llevado por su familia a Suecia poco antes de la invasión soviética de 1940. A los 17 años ganó una beca para estudiar bellas artes en el Instituto de Artes Visuales de Hamburgo. Fue echado a los tres meses, cuando señaló a uno de sus maestros que para criticarle un trazo debía saber más que él... El joven Hans llenó una mochila de algo de ropa y unos libros (Nietzsche, Oscar Wilde, Boris Vian, Artaud, biografías de Van Gogh, Dalí y Marcel Duchamp) y se lanzó a recorrer Europa a dedo. El viaje terminó a mediados de 1957, cuando la policía dinamarquesa lo deportó a Suecia, acusándolo de generar un escándalo en un burdel de Arhus. Por un problema de documentación, no se lo dejó desembarcar en su país de adopción y tuvo que quedarse en el barco que lo llevaba. Al día siguiente el barco volvió a Dinamarca, donde tampoco le permitieron bajar. Este vodevil duró casi un año; Mannheim aprovechó ese tiempo para seguir leyendo, reflexionar sobre el arte y ganarse unas monedas como retratista de a bordo. Todo este episodio le dejó un odio duradero por los barcos, las fronteras, la policía y el arte realista.

Después de unos meses de trabajos de supervivencia (como cartero, en una biblioteca, en una librería) armó una exposición de sus trabajos en la casa de una millonaria sueca, Ingrid Bildt, a la que había fascinado con su interpretación del arte. Mannheim le dijo, citando a Oscar Wilde, que "todo arte es inútil", y que en ese sentido las pinturas de la dama eran arte en su estado más elevado. La señora Bildt, entusiasmado con su protegido, le cedió uno de sus salones para mostrar una serie de espejos firmados por el artista. Los espejos (de coches, de bicicletas, de baño público, de mano) intentaban mostrar que es al espectador, y no a la vida, a quien refleja realmente el arte (otro de los aforismos de Wilde en el prólogo a "El retrato de Dorian Gray"). Pero la ausencia de cualquier indicación al respecto hizo que nadie interpretara cabalmente el sentido de la muestra (salvo la mecenas de Mannheim, a quien vendió la colección completa en varios miles de dólares norteamericanos).

El fracaso no amilanó a Hans, quien entonces se propuso montar una exposición de fotografías cuyo eje era el sexo, usando fotos de Ingrid Bildt desnuda. El esposo de la dama se negó rotundamente, y Hans se irritó tanto que le exigió otros miles de dólares en concepto de daño moral. Tras entregar los negativos a cambio del dinero, Mannheim se hizo de sus ahorros y partió raudamente hacia Río de Janeiro.

Allí quiso invertir el método usado en Suecia, y entonces empapeló la Cidade Maravilhosa con volantes que decían: "No es que yo esté adelantado a mi tiempo, es que la realidad atrasa". Pensaba entonces que el arte se bastaba a sí mismo en su propia enunciación, y que era innecesario hacerle perder el tiempo a la gente en una galería, para peor un ámbito impregnado de ese aire seudointelectual que tanto hace por mantenerla alejada del arte. La exposición tan sui generis le reportó una cierta fama en los círculos vanguardistas de Brasil, pero nulos resultados comerciales.

Una tarde, en Ipanema, le llegó la revelación: con la enunciación de la idea no se puede cobrar entrada. Ergo, las exposiciones son imprescindibles para la superviviencia del artista y la continuidad de su obra. Y también llegó a la conclusión de que una vieja radio pintarrajeada es arte si el artista es lo suficientemente inteligente como para montar una superestructura conceptual que haga que alguien gustosamente pague millones por ella, reputándola un objeto artístico.

En 1960 obtuvo una beca para estudiar arte en la Universidad de Garlic Cloves, en el estado de Nueva York. Allí desarrolló su polémica teoría sobre el arte en colaboración mientras organizaba un grupo de trabajo para pintar un mural. Citó a sus colaboradores en uno de los parques de la universidad y los indujo a emborracharse y a retozar desnudos sobre la gramilla, unos junto a otros. Cuando las alarmadas autoridades lo llamaron a rendir cuentas, Mannheim explicó: "uno sólo conoce a una persona cuando hace el amor con ella". Fue expulsado de la casa de estudios de inmediato.

Durante unos años vivió entre California y Hawaii, ganándose la vida organizando reuniones de grupos de muralistas a los que imbuía de sus teorías. Se hizo un cierto nombre, especialmente entre los oficiales de policía y los fiscales de distrito. Abandonó Estados Unidos a fines de 1966, tras ser acusado de poligamia. Mannheim había sido padre de tres hijos el mismo día, que no eran trillizos por el detalle de que los tres eran hijos de diferente madre, y una era de origen japonés, otra era afroamericana y la tercera era descendiente de irlandeses, a la vez que menor de edad. Mannheim los reconoció como hijos propios mediante un telegrama despachado desde Londres: les dio los modestos nombres de Odín, Marduk y Ra. El título del telegrama era: "la unidad en la diversidad".

En 1967 quiso solidarizarse con la Revolución Cultural china y conmovió a la Bienal de Venecia con su obra "El onanismo de los intelectuales frente a la realidad", que consistía en una masturbación en público frente a un mural de Sofía Loren semidesnuda, caracterizada de campesina oriental.

Al año siguiente realizó un acusado viraje político. Tras declararse franquista, se instaló en Palma de Mallorca y organizó una muestra con carteles que reclamaban por la libertad de expresión en Cuba. El título de la exposición era "España: baluarte de la libertad de expresión", y desafió a sus críticos a que dijeran si una muestra similar era posible en la tierra de Fidel Castro. "En España soy libre de vilipendiar al tirano Castro; díganme si eso no es libertad", dijo. Algunos críticos sospecharon una boutade, especialmente por declaraciones como la que hizo a la televisión estatal franquista, pidiendo doscientos años más de dictadura: "si Dios le diera 200 años más de vida al Caudillo, les juro que al cabo de ese plazo no reconocerían España".

Mannheim pasó un 1969 muy intenso. Decidido a demostrar que el arte era un modo de abordar la vida y no un conjunto de actividades consideradas superiores por una jerarquía arbitraria, puso una panadería artística en Amsterdam. Allí vendía especialidades como girasoles de Van Gogh (discos de masa pintados con almíbar y con crema pastelera en el centro), falos rellenos de crema chantilly, cuernitos que recordaban a las obras de Hans Arp (foto) y panes italianos con forma de mandalas, entre otras. Hay que decir que las simples medialunas no le salían nada mal.

En 1970 vendió a una empresa alemana los derechos de su obra "Cincuenta formas del azar". Consistía en un mazo de barajas españolas, ilustrado por él, y un reglamento de juegos anexo, que incluía el truco hexadecimal, la conga coseno y la escoba del 17,5.

Para desorientar a los críticos, a los que acusaba de ser empleados de un departamento de almacenes por su afición a tener todo etiquetado y en su lugar, lanzó su "Manifiesto del Posvanguardismo Filofóbico Neotradicionalista Intertextual". Consistía en un collage de opiniones de Dalí, Mao, Walt Disney, Goebbels, Gorki, Freud, Robbe-Grillet, Oscar Wilde, Billy Graham y Richard Nixon. Mannheim utilizó la famosa técnica del "cut-up" de Brion Gysin y William Burroughs, cortando textos y reordenándolos al azar, para luego pasar a mano los resultados. Algunos de los epigramas menos fatigosos: "cuando escucho la palabra 'cultura' echo mano al realismo socialista", o "el complejo de Edipo en Jesucristo expresa una Trinidad del Yo, el Ego y el Superego que opera como revelación del arte a la vez que oculta al artista".

La obra resultó incomprensible; mas la caligrafía era cuidada y llamativa, y le valió una mención en el Primer Concurso de Manifiestos Estéticos, que Mannheim mismo organizara. El premio fue un carnet que le permitía obtener descuentos en su propia panadería.

En 1971 preparó una protesta contra el hambre en África. Para Mannheim, el hambre en el Tercer Mundo era la contracara de la abundancia de la sociedad de consumo. A partir de este aserto montó, en un campo de refugiados de lo que alguna vez se conoció como Biafra, una pirámide de latas de alimentos de 15 metros de altura y los dejó descomponerse al impiadoso sol africano, a la vista de miles de famélicos. La pirámide estaba guardada por unos mercenarios belgas y franceses, veteranos de las guerras de Argelia y Zaire, que tenían orden de disparar contra cualquiera que intentase tomar alguna de las latas. Mannheim fue invitado a montar su obra en varias ciudades de Estados Unidos, Europa y Japón.

A fines de ese año se compró su residencia en Ibiza, a la que bautizó Museo Mannheim porque decía que él era su mejor obra. En enero del año siguiente montó allí mismo su muestra "Comentario sobre el empleo del tiempo al estilo del sabio romano Flatulencio". Los espectadores, tras oblar el precio de la entrada (75 dólares estadounidenses de entonces) pasaban a la mansión y observaban a Mannheim mientras dormía la siesta, tomaba sol o bostezaba bajo los árboles. Junto al artista había un busto del filósofo citado y tres jóvenes holandesas con sus bustos al aire. Ya en marzo, Mannheim había obtenido su primer millón de dólares.

En 1972 tuvo un problema con el gobierno español cuando presentó su declaración jurada del Impuesto a la Renta. Las autoridades impositivas lo acusaron de fraude fiscal, pero Mannheim se defendió diciendo que en realidad se trataba de "arte tributario". Mannheim dijo haber armado su declaración jurada con fragmentos de otras, pertenecientes a dos de sus criados. En su defensa empleó una cita de Stevenson: "la verdad del arte es la omisión. Si supiera omitir, no pediría otra cosa. Sabiendo omitir, un hombre transformaría el diario de la mañana en la Ilíada". Cuando fue condenado a pagar una fuerte multa, Mannheim acusó al estado español de perseguirlo políticamente. Desapareció de su casa y no se supo nada de él hasta su extraña conferencia de prensa de Venecia, en mayo de 1974.

Aquí nos enfrentamos a uno de los episodios más enigmáticos de su vida. Mannheim afirmó, en su reaparición, que había sido secuestrado por agentes secretos al servicio del oscuro tirano comunista de Albania, Enver Hoxha. Aparentemente, Hoxha estaba fascinado con la obra de Mannheim, y lo raptó para utilizarlo en la decoración del Mausoleo de los Héroes de la Revolución en la capital albanesa, Tirana. El artista logró convencer a su captor de la necesidad de contar con cristales de Murano, con lo que consiguió ser llevado a Italia. En Venecia logró huir, aprovechando una distracción de sus guardias. El Mausoleo de los Héroes nunca pasó de los planos, que nunca pudieron ser encontrados, y en los archivos de la policía política albanesa no hay registros de todo el affaire.

A fines de ese año, Mannheim visitó Buenos Aires. Se sacó fotos con Marta Minujin, Eduardo Bergara Leumann y Ante Garmaz, almorzó por TV con Mirtha Legrand, visitó la cancha de Boca y las obras entonces inconclusas de la Biblioteca Nacional, y anunció su intención de atenuar el machismo de la Reina del Plata, montando junto al fálico Obelisco un globo de enormes proporciones que simulara una vagina anhelante. Esa misma noche estalló una bomba en la puerta de su hotel, y Mannheim tuvo que huir de Argentina amenazado de muerte por la Triple A y repudiado por Montoneros, que lo llamó "agente del imperialismo apátrida", tal vez sin percibir el oxímoron por la general inflamación de los ánimos.

El 15 de marzo de 1975 anunció el comienzo de su más ambiciosa obra: ese día se casó con una rica heredera griega, Angela Maroudinopoulos, y se comprometió a hacer un arte de sus funciones de esposo, padre y administrador financiero. En 1985 declaró que había llegado a su fin: según dijo, había intentado generar estados alterados de conciencia a partir de una rutina diaria de vida familiar y ejercicios físicos, sin ingerir ni alcohol ni drogas ni excederse en su alimentación. También anunció que, para recuperarse de los efectos de tales estados, se iba a someter a un tratamiento en Amsterdam, adonde se dirigió una vez que percibió su parte del millonario acuerdo de divorcio con su ex esposa. Su estadía en Amsterdam fue registrada en un documental para TV llamado "Mannheim 120 milímetros: nunca nadie hizo tanto con tan poco", que recibió buenas críticas en Hustler, Playboy y el periódico papal L'Osservatore Romano.

En 1987 se dedicó a la música. Lanzó un disco de estudios sobre la disonancia y el ruido, que hizo decir al crítico de la Rolling Stone: "recuerda extraordinariamente a John Cage y a Erik Satie: uno se pregunta por qué perder el tiempo con Mannheim y no sumergirse en la obra de ellos". El disco era cuadrado, lo que generaba extraños efectos de ruido y silencio; la tapa era de piel de foca manchada con pintura roja (obtenida de una cría a la que activistas de Greenpeace habían querido salvar de los cazadores, manchándola con pintura para hacerla inutilizable comercialmente). La obra se llamó La función del artista es escandalizar a las masas para despertarlas de su letargo y, pese a vender apenas unos pocos centenares de discos, fue un rotundo éxito: tan rotundo como la paliza que le dieron a Mannheim unos exaltados ecologistas suizos en Berna en abril de 1988.

Con el derrumbe de la Unión Soviética en 1991, Mannheim sintió deseos de volver a su tierra natal, de la que apenas tenía algún recuerdo. A fines de ese año visitó Riga, recobró su nacionalidad letona y decidió radicarse en las afueras de la capital, en una villa de campo sobre el río Dvina. Allí volvió a casarse y fundó un partido político crudamente neoliberal, la Unión del Pueblo Letón, con el que se propuso llegar a la presidencia de su país. El 31 de enero de 1992 organizó en su villa una fiesta para recaudar fondos de campaña. Se esperaba que a las 20 horas dirigiera su discurso; tras una espera de una hora y media, un asistente se dirigió a su cuarto. No estaba allí. Tampoco estaba su joven secretaria y tampoco los fondos de campaña: en su lugar se encontró un escrito que desarrollaba el lema "¿El arte es emoción o es sorpresa?", fallando a favor de esta última opción. Otro manifiesto estaba titulado "Neoliberalismo y prosperidad: el enriquecimiento como una de las bellas artes". Entre los pensadores citados estaban Charles Darwin, Thomas Malthus, Cecil Rhodes, Ayn Rand, Gordon Gekko y Ronald Reagan, e incluía una reivindicación del célebre estafador Alexander Staviski, a quien consideraba un ícono del capitalismo a la altura de Henry Ford o Andrew Carnegie.

Nunca más se supo algo de él. Hay quienes dicen haberlo visto en las Islas Canarias; otros, en Goa; otros, en un monasterio de Chipre.

 

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