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MATA HARI, O LA SUSTANCIA DE LOS SUEÑOS

Uno de las más famosas encarnaciones del arquetipo de la mujer fatal –sexy, calculadora, fría, ambiciosa, egocéntrica, capaz de hacer que cualquier hombre arrojase gustosamente su honra a los perros por una noche con ella - se originó en los sueños de una pobre muchacha holandesa por salir de la miseria y vivir una vida de lujo y sensualidad. De cómo ese sueño terminó imponiéndose a la realidad – y de cómo esa victoria se cobró un precio altisimo, nada menos que su vida – trata este artículo.[Publicado en Televicio Webzine en julio de 2007].

“De la sustancia de los sueños somos criaturas". William Shakespeare, La Tempestad

MATA HARI O LA FÁBRICA DE LOS SUEÑOS

 

Para la cultura popular de buena parte del mundo, Mata Hari fue una bellísima y sensual bailarina de danzas orientales, que usó sus dotes en la alcoba para manipular a su antojo a los potentados de media Europa en provecho de la otra mitad, que puso en riesgo la suerte del bando que terminaría ganando la Gran Guerra, y que terminó sucumbiendo al ser descubierta. Hasta aquí, la historia que todos más o menos conocemos. Tiene un eco de tragedia griega, con una heroína que se levanta del fango y alcanza la cumbre para entonces derrumbarse y perecer. Tiene una redondez elegante, vindicativa del machismo dominante: el destino de una mujer quepretende llevar de la nariz a los hombres es el desastre, y ese desastre funciona como un juicio moral acerca de sus acciones. Y tiene una protagonista, cuyo nombre real fue Greta Garbo. Sí, Greta Garbo, la actriz sueca que viviera entre 1905 y 1990. Porque la Mata Hari de la cultura popular es la Mata Hari del cine, la de la película de George Fitzmaurice de 1931, y sus inevitables versiones, reversiones y perversiones.

 

¿Pero no existió en realidad una bailarina holandesa, Margaretha Zelle, que se hacía llamar Mata Hari en la desesperada París de la Primera Guerra Mundial, y que acabó fusilada, acusada de espionaje a favor de Alemania? Claro que si. Pero la realidad (eso que corrientemente llamamos realidad) fue más pobre y más sórdida que la historia que todos conocemos. Y más triste.

 

Que nadie tome estas líneas como una protesta contra la falta de rigurosidad histórica del cine de Hollywood, algo que a la Fábrica de los Sueños siempre tuvo sin cuidado. Y lo bien que hace, porque a) la misma realidad es, en buena medida, una construcción ficcional y b) el cine no es Historia sino entretenimiento. La Historia (hasta donde puede haber una Historia) se puede encontrar en otra parte, por ejemplo en bibliotecas, y si el cine no la refleja no es problema del cine sino de ustedes, damas y caballeros, que creen que se puede conocer la verdad sobre la batalla de las Termópilas en menos de dos horas y mientras beben una gaseosa o comen pochoclo como poseídos.

 

Pero volviendo de las Termópilas, que es adonde nos ha llevado esta digresión, hay que decir además que se da la paradoja de que el cine fue más fiel a los sueños de la Mata Hari de carne y hueso que la realidad misma. Porque, en sus delirios de poder, lujuria y hedonismo, la Mata Hari de la realidad se parecía mucho menos a la pobre Margaretha Zelle que a la Mata Hari que para siempre asociaremos con el rostro y el cuerpo de Greta Garbo. De hecho, era ella.

 

UNA CHICA HOLANDESA

 

Margaretha Geertruida Zelle nació en la ciudad frisia de Leeuwarden, en los Países Bajos, el 7 de agosto de 1876. (Para quienes se interesan por estas cosas, era de Leo). Era hija de Adam Zelle, dueño de un próspero comercio de venta de sombreros, y de Antje van der Meulen. Adam, al que sus vecinos apodaban el Barón, por sus delirios de grandeza y sus costumbres extravagantes, pronto acostumbró a la niña (a la que llamaba M’greet) a usar ropas caras y elegantes y a ser el centro de atención. A M’greet, en especial, la encandilaban los uniformes militares.

 

Desgraciadamente, esa vida duró muy poco: cuando Margaretha tenía 6 años, Adam perdió toda su fortuna por unas malas apuestas bursátiles, y la familia se tuvo que mudar a una casa mucho más modesta. En 1891, cuando Antje murió, la situación familiar era muy difícil. Pero ya entonces M’greet había comenzado a llamar la atención de los hombres. Cierto, era demasiado alta y sus pechos eran diminutos, pero había algo en ella que era irresistible (1). Su fama de seductora se inició a los quince años, en la Escuela Normal de Leiden, cuando enloqueció a su director, quien llegó a arrastrarse a sus pies, a gimotear en público y a escribir poesías con tal de conseguir sus favores.

 

La joven soportaba como podía estos avances, y se lamentaba de su suerte. Todavía recordaba la época anterior a que comenzaran las estrecheces familiares, y fantaseaba con escapar de esa vida gris. Cuando tenía 18 años comenzó una relación epistolar con un oficial naval que más que la duplicaba en edad, Rudolf MacLeod, y a los pocos meses se casaron. Margaretha pronto quedó embarazada de su primer hijo, un varón, y al poco tiempo la pareja se mudó a Java, entonces colonia holandesa, adonde el oficial había sido destinado. Tras unos primeros tiempos idílicos, el matrimonio se convirtió en una pesadilla para M’greet. Rudolf era alcohólico, aficionado a golpear y a someter sexualmente por la fuerza a su esposa, y desarrolló unos celos enfermizos, no obstante lo cual no sintió que tomar una concubina nativa lo obligara a dar explicación alguna. El nacimiento de una hija no trajo ningún cambio. Margaretha se refugió en la lectura de textos religiosos hindúes y en las pocas oportunidades en las que podía desarrollar su talento para la vida social: era una excelente anfitriona en las fiestas de la elite colonial, y disfrutaba de ser el centro de todas las reuniones.

 

En 1899, el pequeño hijo murió envenenado, aparentemente por un ama de llaves descontenta por el maltrato a los sirvientes javaneses. Tras regresar a los Países Bajos, la pareja se separó en 1903. Rudolf la dejó sin un florín, por lo que Margaretha tuvo que dejarle su hija a su cargo. Cuando en 1906 se dictara el divorcio, la justicia holandesa citaría como argumento para reconocer legalmente la tenencia paterna a la vida que Margaretha llevaba en París. Y allá vamos.

 

LA INVENCIÓN DE MATA HARI

 

Corrida por las privaciones, en 1905 Margaretha se mudó a la Ciudad Luz. Al principio se ganó la vida haciendo de ecuyère en un circo, bajo el nombre de Lady MacLeod, así como sirviendo de modelo a artistas. Pero ya estaba al borde de los treinta años, y las modelos requeridas tenían formas menos rotundas. Fue entonces, en un invierno parisino frío y triste, en que por primera vez la hambrienta inmigrante holandesa le dio cuerpo a sus sueños.

 

El 13 de marzo de 1905, los concurrentes al Musée Guimet quedaron sorprendidos por la actuación de una bailarina que se hacia llamar Mata Hari, palabra malaya e indonesia cuya traducción literal es “ojo del día” pero que significa “sol”. El baile era vagamente evocativo de lo que un europeo de entonces pensaba que era una danza oriental, pero eso era lo menos importante: Mata Hari se iba quitando uno a uno sus ropajes, hasta quedar vestida solamente con una malla color piel (nunca se desnudó por completo). Tampoco descubría sus pechos de impúber: la enigmática bailarina decía que era porque su ardiente esposo le había arrancado los pezones de sendos mordiscones. Esa era la menor de sus fabulaciones.

 

Margaretha Zelle se reinventó entonces como una princesa de Java, descendiente de una familia de sacerdotes indios, y que desde niña fuera iniciada en los misterios de las danzas sacras del Indostán. La historia, con diferentes matices y agregados cada vez más fantásticos, fue repetida en las diversas capitales europeas adonde la llevó el éxito. Porque Mata Hari fue muy exitosa en esa primera y frívola década del siglo XX que, en Francia, se recuerda con el nombre de Belle Epoque, y en Gran Bretaña, con el de Era Eduardiana (por el rey Eduardo VII). La explícita sexualidad de su danza era toda una novedad para un público que había crecido en medio de la moralina del período victoriano, y le abrió las puertas de los salones más refinados de París, Madrid, Milán, Viena, Berlín... También le abriría las puertas de muchas de sus alcobas, en especial de las de personajes encumbrados. La pobre holandesita venida a menos era ahora una mujer deseada por muchas de las figuras más importantes de Europa. Mujer en un mundo de hombres, se sintió por fin la dueña de su destino.

 

En esos años, Mata Hari fue amante, entre otros, de Adolphe Pierre Messimy, ministro de guerra francés, del compositor italiano Giacomo Puccini, del Barón Henri de Rothschild y de Tadea Mirszlac, la gitana que a su vez fue amante del Emperador Francisco José I de Austria y Hungría y de su hijo el archiduque Rodolfo. Algunos de sus innumerables seducidos eran franceses, otros rusos, o italianos. También alemanes.

 

Tras la crisis de 1911 entre Francia y Alemania por la cuestión de Marruecos, el fatalismo se apodero del ánimo colectivo europeo. Si hay un símbolo de esta época en la que se apagaron los tímidos fulgores eduardianos es el desastre del Titanic de 1912: el hundimiento del barco que ni siquiera Dios podía hundir. La estrella de Mata Hari también comenzó a declinar: pasó de ser una artista de costumbres bastante liberales a una figura promiscua y decadente, que además se acercaba a cumplir cuarenta años. Por ese entonces no le dio importancia. En el fatídico verano de 1914 estaba de gira en Berlín, donde se hizo amante del jefe de policía de la ciudad. Allí la sorprendió el desencadenamiento de la Gran Guerra.

 

LA ESPÍA QUE AMÓ

 

En marzo de 1915, Mata Hari, que llevaba unos meses en su país natal, decidió volver a París. En los Países Bajos no había perdido el tiempo: había sido amante del cónsul alemán en Ámsterdam, a la vez uno de los cerebros del espionaje de su nación. Tal vez para ella fue sólo un amante más; tal vez fue sólo otra muestra más de su debilidad por entregarse a los ardores de un hombre poderoso, con un uniforme cargado de condecoraciones; tal vez incluso la sedujo la idea de ser una espía y usar a los hombres como ellos la usaban a ella; no lo sabemos. Algunos afirman que, por esa época, pasó un tiempo en una especie de escuela de espías al servicio del Kaiser, algo que nunca fue probado.

 

Sus movimientos entre países que estaban sumidos en una guerra sin cuartel llamaron la atención de los servicios secretos franceses, que comenzaron a seguirla. En la primavera boreal de 1916 conoció al que, según ella, fue el gran amor de su vida, Vladimir (“Vadim“) Masloff, un veinteañero oficial de origen ruso que revistaba en las filas francesas. Por cierto, ese amor que afirmaba sentir por Vadim no impedía la frecuentación de otros hombres. En las actas del juicio que posteriormente se le seguiría, consta esta descripción de sus actividades: “Así, el 12 de julio almorzó con el subteniente Hallaure. Del 15 al 18 de julio vivió con el comandante belga De Beaufort. El 30 de julio salió con el comandante Yovilchevich, de [el entonces Reino de] Montenegro. El 3 de agosto, con el subteniente Gasfield y el capitán Masloff. El 4 de agosto se citó con el capitán italiano Mariani. El 16 almorzó con los oficiales irlandeses Plankette y O'Brien, y el 24, con el general Baumgartem".

 

Cuando Vadim fue herido en combate, fue destinado a un hospital ubicado en zona de operaciones militares, por lo que para visitarlo era necesario solicitar un permiso. El encargado de concederlos era el capitán Georges Ledoux, quien era nada menos que el jefe del contraespionaje francés. Mata Hari fue a verlo; tenemos dos relatos divergentes de ese encuentro. Ella afirmó que, en el transcurso de esta entrevista, Ledoux le ofreció espiar a favor de Francia, y que aceptó. En cambio, según Ledoux, fue Mata Hari quien fue a ofrecerle sus servicios, lo que despertó la desconfianza del militar, que conocía sus sospechosos movimientos. Ledoux decidió dejarla actuar para poder vigilarla mejor, y aceptó pagarle un millón de francos si lograba su objetivo de contactar a importantes funcionarios alemanes en la Bélgica invadida y en la propia Alemania: Mata Hari afirmaba haber tratado anteriormente al mismísimo heredero de la corona imperial…

 

En esas circunstancias, un viaje a Alemania implicaba pasar primero por España, Portugal, Inglaterra y Holanda (como Mata Hari era natural de un país neutral, podía cruzar libremente las fronteras que permanecían abiertas; obviamente, éste no era el caso del límite francoalemán). Sin embargo, algo salió mal: en Inglaterra despertó las sospechas del espionaje británico, al principio por una confusión con otra espía. Según documentos desclasificados hace menos de una década, parece que de su interrogatorio no surgió ninguna evidencia en su contra, y que tras un intercambio de cables con los aliados franceses, los británicos decidieron enviarla de regreso a España.

 

A fines de 1916, Madrid era un hervidero de espías de ambos bandos (recordemos que España se mantuvo neutral en la contienda). Sin instrucciones de Ledoux y, lo que es más importante, sin dinero, Mata Hari volvió a buscar la compañía de hombres importantes. Entre los muchos que, una vez más, no pudieron resistírsele, estuvo el agregado militar germano, Von Kalle. A los pocos días, pasó a París la información de un desembarco secreto de agentes del Kaiser en el Marruecos francés, datos que Ledoux consideró de escaso valor, y que aumentaron las sospechas de que era una agente alemana tratando de ganarse la confianza del espionaje galo.

 

Entonces se produjo el hecho clave de esta historia: en enero de 1917, los franceses interceptaron un mensaje cifrado de los alemanes que se refería a los movimientos de uno de sus agentes, “H 21”, que resultaron ser los mismos que los de Mata Hari. Esto, que parece la evidencia definitiva de su culpabilidad, presenta un costado que sostiene la duda: el mensaje fue enviado en un código que los franceses habían descifrado, lo que los alemanes no ignoraban. ¿Entregaron a una agente de segundo orden para ocultar que sabían que el código había sido quebrado? ¿Quisieron librarse de una agente francesa despertando las sospechas de sus propios mandantes? La duda queda en pie.

 

Cuando, en enero de 1917, Mata Hari volvió a París y cobró un cheque de una cuenta que los franceses sabían que era usada por agentes alemanes, se terminó de cerrar el círculo. Cuando luego fuera interrogada sobre la razón del cheque, Mata Hari exclamaría que era un pago por sus afanes amorosos: "¡Es mi tarifa! ¡Jamás nadie me dio menos!"

 

EL FINAL

 

El 13 de febrero de 1917 fue arrestada en París, en su habitación de hotel, y enviada a la prisión de Saint-Lazare. La leyenda dice que, cuando fue apresada, llegó a mostrarse desnuda ante los ojos de sus captores y les ofreció bombones en un casco prusiano.

 

Sus declaraciones ante el tribunal militar abundaron en contradicciones. Explicó la tinta invisible que hallaron en su poder como parte de su maquillaje. Consultada acerca de sus múltiples encuentros la pasada primavera, respondió, en un eco de su pasión infantil por los uniformes: "amo a los militares. Los he amado siempre y prefiero ser la amante de un oficial pobre que de un banquero rico".

 

Eran malos tiempos para Francia. Estados Unidos no entraría en la guerra de modo efectivo sino hasta 1918. El otrora poderoso aliado ruso se estaba derrumbando: el zar había abdicado unas pocas semanas después de la detención de Mata Hari. Italia parecía que pronto seguiría el mismo destino, y lo que era peor, no era en absoluto imposible que el siguiente contendiente en rendirse ante la superioridad de las tropas del Kaiser fuera la República Francesa. La moral era muy baja, la victoria parecía un sueño remoto, los muertos y mutilados de ambos bandos se contaban por millones, y tras el fracaso de la ofensiva de Nivelle en abril y mayo de ese año, hasta hubo motines que hicieron temer un eco francés de la revolución que estaba estallando en el otro extremo de Europa. Era necesario un gran golpe al enemigo para levantar la moral… ¿Y qué mejor que descubrir a un espía enemigo que hubiera causado la muerte de miles de compatriotas? Es en este marco que debe analizarse el proceso que se le siguió a Mata Hari.

 

El juicio fue rápido, y se celebró en condiciones en extremo rigurosas para la acusada: su abogado defensor (otro antiguo amante) el anciano doctor Edouard Clunet, ni siquiera tenía permitido hacer preguntas en forma directa a los testigos de la defensa. Pese a que las evidencias eran meramente circunstanciales, y que la información que se reputaba cedida al enemigo podía leerse en cualquier periódico francés, se la condenó a la pena capital.

 

Hasta último momento ella se esperanzó con que el Presidente de Francia aceptara su pedido de clemencia, pero en la mañana del 15 de octubre de 1917 se le informó que se la fusilaría en pocos minutos. Recibió su destino con valor. En la cárcel había engordado y se la veía envejecida (imagen de la derecha), muy distante de su esplendor de antaño. Sin embargo, se las arregló para esperar a la muerte como esperaría a un amante importante, de los tantos que tuvo: se vistió con un kimono de seda, botas con cordones, guantes negros de niño, sombrero de fieltro negro y una capa de terciopelo del mismo color. Lo había hecho tantas veces; sólo tenía que ser otra vez la Mata Hari de sus sueños. Murió de un balazo en el pecho; el tiro de gracia fue totalmente gratuito (2).

 

Por esa época París se llenó de rumores acerca de la ceremonia del fusilamiento. Uno de ellos afirmaba que, en el momento de los disparos, se quitó su abrigo para mostrar su cuerpo desnudo. Otro, que envió un beso a sus fusiladores (en realidad, fue al doctor Clunet, el único de tantos que compartieron su alcoba que la acompañó hasta el final). Los dos más disparatados afirmaban que rehusó que le vendaran los ojos porque se suponía que el pelotón estaba sobornado para usar balas de fogueo, y que había vestido un traje de amazona hecho para la ocasión, así como “un par de guantes blancos nuevos”, versión que recogiera el New Yorker en un artículo de 1934.

 

 

NOTAS

 

(1) Para quienes encuentren inexplicable su atractivo a partir de las imágenes que acompañan a esta nota, cabe decir que el ideal de belleza femenina ha cambiado a través de la historia. Probablemente nuestros antepasados encontrarían extraño que nosotros (algunos de nosotros, en rigor, y no precisamente yo) reverenciemos a mujeres muy altas, de piernas larguísimas y curvas casi inexistentes. Y además, el atractivo de una persona nunca se limita a sus meros rasgos físicos, que es lo que exponen las fotos: la voz, la forma de moverse, en cierto sentido la mirada, no quedan registradas.

 

(2) Su cuerpo no fue reclamado por ningún familiar, y entonces fue destinado a estudios médicos. Un detalle macabro: su cabeza embalsamada fue enviada para ser conservada en el Museo de Anatomía de París, pero en 2000 se descubrió que llevaba décadas extraviada, tal vez desde la mudanza del museo efectuada en 1954. No se sabe qué pasó con el resto del cuerpo.

 

VÍNCULOS

 

"Mata Hari". El Mundo de Madrid. ,

 

"Mata Hari, fin de un misterio", Clarín de Argentina, 14 de febrero de 1999.

 

"The Execution of Mata Hari, 1917". Relato de un testigo presencial de la ejecución, el periodista británico Henry Wales, de International News Service, publicado en diversos medios cuatro días después de la misma. (En inglés).

 

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