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LOS MUCHOS ROSTROS DE JIM MORRISON

Hijo de un almirante, gordito lector de los poetas malditos, tímido estudiante de cine, Adonis en ácido, jinete sin rumbo en medio de una tormenta de alcohol, shamán de la era de los mass media, rebelde antisistema, música de fondo para el cómodo paseo de un gerente de banco en un Volvo, poeta muchas veces genial, cadáver exquisito, mártir del Rock & Roll Way of Life, atracción turística parisina, indefensa carne de biopic… Demasiados rostros tuvo Jim Morrison, demasiados para encajar cómodamente en un mito y reducir a un póster apto para consumo masivo. (Nota originalmente publicada en 45 RPM).

“Tomó un rostro de la antigua galería / Y avanzó por el pasillo”. Jim Morrison, The End.

James Douglas Morrison nació el 8 de diciembre de 1943 en Melbourne, Florida. Su padre (marino) fue, durante un tiempo, el oficial más joven en llegar a contraalmirante de la Armada de Estados Unidos. Como todo hijo de un militar, Jim pasó su niñez cambiando de domicilio, a medida que su padre era destinado sucesivamente a Nuevo México (1), California, Florida.

El pequeño Jim solía escribir poemas escolares, historias disparatadas, con las que llenó varios cuadernos hasta comienzos de adolescencia. Un día, siguiendo un impulso repentino, los tiró: más tarde se pasaría extrañándolos, deseando recordar qué era lo que escribía entonces, aunque reconociendo, como hizo en un reportaje de 1969, que “si nunca los hubiera tirado, jamás hubiera escrito nada original, porque eran más que nada una acumulación de cosas que yo había leído o escuchado, como citas de libros. Pienso que si no me hubiera deshecho de ellos nunca habría sido libre”. Y las lecturas de ese tímido y regordete adolescente con un impresionante coeficiente intelectual de 150, por cierto, no eran nada triviales: Nietzsche, William Blake, Baudelaire, Rimbaud, Artaud, Louis-Ferdinand Céline, Jack Kerouac, célebres estudios mitológicos como los libros de Joseph Campbell y “La rama dorada” de James Frazer, las grandezas y terrores de las tragedias griegas.

Jim no demostró excesivo interés en comandar un portaaviones y despanzurrar vietnamitas desde el aire como su padre, así que en enero de 1964 se decidió a cursar artes cinematográficas en la UCLA (donde trató a otro estudiante llamado… Francis Ford Coppola). Esta decisión le costó la ruptura definitiva con su familia: el contraalmirante Morrison llegó entonces a renegar de su hijo.

Pese a esto, Jim seguía siendo un gordito que trabajaba en la biblioteca de la universidad, usaba el pelo corto, leía mucho… Un nerd más. Pensaba que iba ser poeta, o dramaturgo, o novelista, pero nunca cantante y menos músico: sus conocimientos de piano eran muy elementales, nunca había tenido la paciencia suficiente como para aprender a tocar la guitarra, y apenas había ido a recitales y visto algunas actuaciones por TV. Terminó graduándose sin demasiado brillo a mediados de 1965. En ese verano que todo lo cambiaría, mientras vivía sin un dólar en el altillo de un edificio dilapidado, comenzó a pasar días y noches enteras en ácido y ver qué lograba escribir. Un día fue a la playa. Años después diría al periodista Jerry Hopkins: ese día “no estaba haciendo nada en particular. Por primera vez era libre. Había estudiado, sin parar, durante quince años. Era un verano cálido, sensacional, y empecé a oír canciones. Creo que todavía tengo un cuaderno con las canciones escritas ahí. Esta especie de concierto mítico que oí…” Esas primeras canciones eran algo así como las notas tomadas mientras ese recital se sucedía en su cabeza, y no sabía bien qué hacer con ellas hasta que, de casualidad, se topó con un compañero de clases a quien pensaba que nunca más volvería a ver: Ray Manzarek, quien además era tecladista. Ray se interesó en las canciones que había compuesto Jim, y cuando escuchó un esbozo de lo que luego sería "Moonlight drive", supo que había conocido al cantante y letrista del grupo que llevaba años intentando formar. En ese verano que todo lo cambiaría, Jim perdió 15 kilos en pocas semanas. Como afirmara la escritora Eve Babitz, a Morrison “le ocurrió aquello con lo que sueñan los gordos toda la vida. Un día se levantó y descubrió que, lejos de ser ya gordo, se había transformado en un príncipe. En John, Paul, George y Ringo. En Mick”. La Babitz sabe bien de qué habla: fue una de sus incontables amantes durante aquellos años, en los que Jim mantenía una relación “abierta” (e inevitablemente tormentosa) con Pamela Courson.

Tras incorporar al baterista John Densmore y al guitarrista Robby Krieger, Manzarek y Morrison comenzaron a actuar como The Doors (“las puertas”) en enero de 1966. (El nombre provenía de “Las puertas de la percepción” de Aldous Huxley, que a su vez citaba un famoso epigrama de William Blake: “si las puertas de la percepción se abrieran de par en par, la realidad aparecería ante el hombre tal como es: infinita”). En las primeras actuaciones, Morrison demostraba ser incapaz de librarse de su timidez: hasta cantaba de espaldas al público. Gracias al alcohol y las drogas, esa máscara de timidez cayó, dejando ver a un carismático Adonis con voz de barítono y presencia dionisíaca que enloquecía a las chicas. Pero el sex-symbol de Sunset Strip, además, enloquecía a los intelectuales: mientras The Doors interpretaba unos largos e hipnóticos acompañamientos a mitad de camino entre el blues y el free jazz, de la boca de su cantante fluían, como en trance, extraños, inspirados, sugerentes trips líricos. (“Me di cuenta de que en algún sentido yo era una simple marioneta, manejada por un montón de fuerzas que apenas comprendía”, dijo una vez). Ir a ver a The Doors en el celebérrimo Whisky-A-Go-Go distaba todo lo que se pueda imaginar de meramente ir a escuchar a una mera banda interpretando meras canciones: era ir a tener una experiencia que no se podía comparar con nada. (Fue gracias a The Doors que se empezó a usar la - luego concurrida - analogía de los conciertos de rock con los rituales de un shamán de los pueblos primitivos). Pero el sex-symbol y poeta oscuro de Sunset Strip era, además, un alcohólico enajenado en escena (2), al que era imposible quitarle los ojos de encima: sus continuos escándalos indignaron al dueño del bar, que terminó echándolos. No sería la última vez.

A fines de ese 1966 la banda consiguió un contrato de grabación, y al año siguiente se editó su primer disco, “The Doors”. La tremenda sesión de grabación de ese tremendo gesto de repudio a la traición de los padres a los hijos de los ‘60 que es "The end" (“el final”) resultó toda una conmoción, como evocara décadas después, aún impresionado, el productor Paul Rothchild: “llevaban seis minutos interpretándola cuando le dije a [el ingeniero de sonido de los Doors] Bruce Botnick ‘¿entendés lo que está pasando acá? Éste es uno de los momentos más importantes en la historia del rock’ (…). Y fue casi un shock cuando la canción terminó. Se sentía como... sí, es verdaderamente el final, no se puede ir más lejos. Después que todos se fueron, Morrison volvió y vació un extinguidor por todo el estudio. Estaba borracho, como luego admitió, y sentía que, a menos que apagara el fuego que había encendido esa noche, no sería capaz de volver a descansar jamás”. El simple de "Light my fire" (un tema del guitarrista Krieger más que de Morrison, en verdad) llegó a ser Número Uno en ese Verano del Amor, y el primer LP llegó al Número Dos, detrás de “Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band” pero, para Morrison, algo se había perdido: “una vez que [las canciones] se graban en un disco, se ritualizan y se vuelven estáticas. Esas canciones eran libres, cambiaban constantemente, pero una vez que las pasamos a disco fue como si se hubiesen detenido”.

En ese 1967 en el que causaron un escándalo en el show de Ed Sullivan por las veladas alusiones al uso de drogas de "Light my fire", los Doors se dieron el lujo de reírse de las limitadas ambiciones de las otras bandas de rock haciendo un cover de un tema de una opereta de Brecht y Weil ("Alabama song") y editar un segundo disco, “Strange days”. Nunca llegaron a ser un fenómeno realmente masivo, contra lo que se pueda pensar hoy: tras un gran debut, siguieron discos desparejos y no del todo logrados como el citado y Waiting for the sun”, de 1968. Por ese entonces, el consumo de alcohol de Morrison preocupaba a los demás miembros de la banda, y sus escándalos comenzaban a ganarle la partida a su obra: ese año, totalmente borracho, se subió al escenario de un club donde estaba tocando Jimi Hendrix, se abrazó a sus piernas y gritó “quiero chuparte tu pija”. Quien salió en defensa del guitarrista fue una aún más alcoholizada Janis Joplin (por cierto, alguna vez amante eventual de Morrison) quien lo golpeó con una botella, antes de caerse sobre los otros dos artistas. El momento de pagar el precio de la tremenda libertad que la generación de los ’60 había reclamado para sí (“queremos el mundo y lo queremos ahora”, dice "When the music’s over") estaba a la vuelta de la esquina.

El año 1969 es el año de otro disco, “The soft parade”, así como de dos libros de poesía, “The Lords / Notes on Vision” y “The New Creatures”, pero se lo recuerda por el revuelo que causó un Morrison totalmente fuera de sí durante una actuación en Miami, en marzo, en la que, tras llamar repetidamente al público a cagarse en la autoridad (“puñado de esclavos, dejan que les manejen todo. ¿Qué van a hacer al respecto?”), amagó con desnudarse en escena. Jim fue detenido por la policía y sometido a proceso judicial, y todo ello lo afectó profundamente: se dejó la barba, volvió a engordar, se aparecía en los estudios de grabación totalmente borracho, llegaba tarde a los ensayos o las actuaciones en vivo; Eve Babitz afirma que, por esta época, las anfetaminas lo habían vuelto sexualmente impotente. La Rolling Stone lo criticó acerbamente; los medios comparaban su nuevo rostro público con el de Charles Manson, y dudaban acerca de cuál de los dos jóvenes era más peligroso para el orden establecido. (Jim solía usar los medios para lanzar mensajes tan desafiantes como los arriba citados, o como “me gusta la gente que sacude a los demás y los hace sentir molestos”, o “estoy interesado en cualquier cosa que implique revuelta, desorden, caos, especialmente en actividades que parezcan carecer de sentido”, o “quien controla los medios, controla las mentes”, o “la violencia no siempre es mala, lo malo es enamorarse de la violencia”). Morrison, un lector de obras de mitología comparada, seguramente lo sabría: una historia de un ascenso como el suyo, propio de un semidios, exige una Caída. Y su Caída se completaría pronto.

Entre 1970 y 1971 aparecieron dos discos de The Doors, “Morrison hotel” y “L. A. woman" que ayudaron a restaurar su prestigio como poeta, en especial por "Roadhouse blues" y "Riders on the storm". En marzo de 1971, Jim se fue a París con Pamela, buscando inspiración en una ciudad celebrada por tantos admirables artistas. Hay relatos divergentes acerca de sus últimos meses: para algunos estaba desesperado y triste porque esa inspiración no aparecía, para otros había vuelto a escribir, su verdadera pasión (“¿te ves dedicándote más a la escritura?” pregunta Jerry Hopkins, y responde “ése es mi gran deseo. Siempre ha sido mi sueño”). En la mañana del 3 de julio, su cuerpo apareció en la bañera de su cuarto, muerto tras una falla cardíaca. ¿Suicidio? (Su último poema terminaba diciendo last words, last words, out”: “últimas palabras, últimas palabras, fuera”). ¿Sobredosis de heroína (comprada para Pamela) a la que confundió con cocaína? ¿Tuvo una sobredosis de cocaína en un bar y los dueños lo llevaron a su casa para sacarse el problema de encima? ¿Pamela lo vio agonizar y no llamó a la asistencia pública? ¿Fingió su muerte para huir al África, como su reverenciado Rimbaud? Como Pamela no la solicitó y el médico que comprobó su muerte no halló pruebas de un posible crimen, no hubo autopsia, lo que dio pie a todas estas especulaciones en definitiva irrelevantes: Morrison está muerto, bien muerto, y por cierto no piensa volver (“cancelen mi suscripción a la Resurrección”, cantaba en "When the music’s over").

Al irrumpir del Otro Lado, Jim tomó de la galería un nuevo rostro, el de mártir del rock. Como Orfeo, siguió cantando después de muerto: en 1978 se editó An American prayer”, un disco armado a partir de grabaciones de Jim leyendo sus poemas hechas entre 1969 y 1970, además de música compuesta por los Doors sobrevivientes para acompañar dichas lecturas. Su tumba en el cementerio de Père-Lachaise es una de las atracciones turísticas de París; sus fotos hechas por Joel Brodsky, uno de los íconos más reproducidos en las remeras rockeras; su vida, una ocasión para un filme de Oliver Stone que lo simplifica (denigra) a mito apto para acompañar una gaseosa y un paquete de palomitas de maíz.

El protagonista de esta nota se preguntaba en "An american prayer" “dónde están los banquetes que nos prometieron / dónde está el vino / el Nuevo Vino”. Buscando esos banquetes, Morrison extravió el camino sin posibilidades de volver atrás. A otros nos toca animarnos a tomar un rostro de la galería e ir a buscarlos: para el que quiso entender, de eso se trató siempre, no de quedarse mirando el póster.

NOTAS

(1) Por cierto, su padre fue parte del equipo que proyectaba la evolución de la primera bomba atómica en Los Alamos.

(2) “Me veo como una persona inteligente y sensible con el alma de un payaso, lo que hace que termine estropeando todo en los momentos más importantes”, Morrison dixit.

FUENTES

* “El gordito”. Marcelo Figueras, Página/12, 5 de mayo de 1991.

* Reportaje de Jerry Hopkins a Jim Morrison, julio de 1969. Publicado en el número 2 de la edición argentina de Rolling Stone, mayo de 1998.

* “The unforgettable fire”. Mikal Gilmore, Rolling Stone (edición norteamericana), 30 de agosto de 2001.

* Página correspondiente de Wikipedia (en inglés)

 

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